domingo, 25 de enero de 2009

¡Hola de nuevo a todos!
Esto ha llegado a su fin. El blog y yo nos despedimos de todos vosotros/as, no sin antes, agradeceros vuestras visitas, (aunque los más tímidos no hayan querido dejar comentarios), os perdono...
Desde aquí, me gustaría expresar mi más sincero desagrado, rabia e incomprensión hacia quienes provocan las guerras, quienes fabrican y producen armamento para que éstas se lleven a cabo y para todos aquellos que gobiernan nuestro planeta sin remordimientos y sin corazón.
Sin más, desearos que el amor inunde vuestras vidas, que la paz, por una vez, sea posible y que seáis muy, muy felices.
Gracias por todo.
¡Hasta siempre!

Guerra y ambición

Martin Luther King expresó una vez una verdad inquebrantable: “la verdadera tragedia de los pueblos no consiste en el grito de un gobierno autoritario sino en el silencio de la gente”. Tanto es así que, el mutismo ciudadano que envuelve a los pueblos puede hacer de los mismos, víctimas y cómplices de un genocidio sin límites.
Todos vivimos el comienzo de la guerra en Afganistán, un conflicto bélico cuyas prerrogativas fueron el atentado a las torres gemelas de Nueva York en donde murió un gran número de personas, entre ellas: europeos, árabes, africanos y norteamericanos.
Según anunció el Gobierno de los Estados Unidos, los causantes de dicho atentado eran miembros de la célula terrorista Al-Qaeda, procedente de Afganistán y liderada por Osama Bin Laden, quien a su vez, había “conspirado” contra el gobierno norteamericano llegando a causar un desastre de tal envergadura.
Por su parte, el Gobierno Bush respondió a dicho ataque de la forma más inhumana que haya podido inventar el hombre y que desde tiempos remotos se ha estado llevando a cabo: la guerra.
Afganistán vivió en 2001 una fase de terror que, desgraciadamente, se cobró y sigue cobrándose la vida de miles de personas que todavía esperan una explicación que remita el dolor de tanta pérdida y consuma el sufrimiento de una vida envuelta en sangre.
¿Por qué el Estado norteamericano se empeñó en invadir un país y masacrar a un pueblo inocente, dejando en libertad al líder del grupo radical? ¿Será porque ambos persiguen lo mismo? ¿la ambición, el poder y la gloria? Sin importarles sus propios pueblos, han vendido una causa que ha arrasado con la vida de miles de familias que aún claman justicia.
Más tarde, en 2003, se dio el caso de Irak. Esta vez, la excusa a destacar para una futura intervención militar fue la tiranía de un dictador que sometía a su propio pueblo a unas condiciones de vida pésimas e inhumanas.
El trío de las Azores compuesto por José María Aznar, Tony Blair y George Bush, se reunió en la isla para conspirar contra un Gobierno que, según su intuición asesina, poseía armas de destrucción masiva. Todo ello se llevó a cabo a espaldas de una ciudadanía que más tarde gritaría: “No a la guerra”.
La Organización de las Naciones Unidas, “vetó” los objetivos de dichos individuos, ya que nunca se mostraron pruebas suficientes de que el Gobierno iraquí poseyera armas de destrucción masiva que pudieran quebrantar la paz en el mundo.
La intervención de la “Santísima Trinidad” para la “liberación del pueblo iraquí”, que así lo llamaba la Administración Bush, acabó convirtiéndose en una segunda dictadura en donde los tres principios básicos que rigen al pueblo asiático son: la inestabilidad, el desorden y el caos. Sinónimos que se han convertido para los supervivientes de dicho genocidio en el “pan nuestro de cada día”.
¿Es tan poderosa la ambición de unos cuántos como para acallar las voces de toda una nación?
Quizá la humanidad esté condenada a la autodestrucción, pero aún así, conservo la esperanza de que mientras a la Tierra le quede un atisbo de tolerancia y emoción, el ser humano logrará vencer a la tecnología de las armas y luchará por aquello que nos pertenece a todos: la vida.

Myriam Merhi Andión

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